Si lo pienso, en los viajes los mortales nos transformamos en una especie de seres binarios con doble personalidad. Por un lado, está el yo trotamundos, el que se desmelena, hace locuras y experimenta cosas nuevas. El que escala una dura montaña de noche cuando en su casa no sería capaz ni de imaginarlo, por ejemplo. O el que se lanza en parapente y luego piensa: ¿he sido yo? O el que practica submarinismo por primera vez o se sumerge entre tiburones en mar abierto. ¿Y que decir del que degusta platos repugnantes o carnes de animales que antes ni sabía que existían? Son los aventureros accidentales a los que, sueltos por ahí, sólo les falta el látigo para ir disfrazados de perfectos dobles de Indiana Jones.
Pero por otro lado, no nos engañemos, subyace el yo de siempre, la parte de uno que viene así de serie y que aprovecha cuando sale de casa para practicar actividades que giran entorno a inquietudes que ya lo son en su vida diaria, aunque a un ritmo diferente, con más libertad y exotismo. Es lo que he acuñado como la "parte de cabra que tira pal monte", entendiéndose por monte lugares como museos, salas de conciertos, espacios naturales, discotecas, etcétera.
¿Acaso no aflora siempre del fondo de uno lo que a uno le gusta?
¿Acaso no aflora siempre del fondo de uno lo que a uno le gusta?
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