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Kampot, día de moto y risas

Buenas y satisfechas noches desde Camboya:

El balance del día viajero de hoy se puede decir más poético pero no más claro: ha sido de diez. Kampot se ha levantado gris y amenazando lluvia, lo que para nuestro gozo ha resultado ser una alarma de lo más falsa. La jornada, que ha arrancado con dudas sobre cómo hacer lo que queríamos hacer (visitar el Parque Nacional de Bokor), ha acabado con sonrisas, momentos entrañables, y un buen saco de aventuras en la mochila.
Bokor, en Camboya

Mañana recorriendo el Parque Nacional Bokor

La clave de todo es que, por fin, lo hemos hecho. Me refiero a que nos hemos sacudido el miedo al frenesí del tráfico camboyano lanzándonos a alquilar un motorino, gestión mediante de nuestro maravilloso y recomendable hotel en Kampot: el Rikitavi. El trasto nos ha costado el irrisorio precio de 5 dólares, ¡lo que viene siendo un chollo! Que conste, insisto, que el tema nos daba un poco de respeto, por eso de que aquí en el sudeste asiático se conduce como se conduce, o séase, ¡con faldas y a lo loco! Sin embargo, el panorama de la alternativa -el alquiler de un coche con chófer por 40 dólares-, una opcion que nos asemejaba un tanto rancia, ha supuesto el empujoncito definitivo que necesitábamos para dar el salto adelante a la aventura.

El brinco sobre las dos ruedas ha sido un gran, gran acierto, un plan que recomiendo a todos.


Moto arriba, moto abajo, curva aquí y curva allá... Hemos pasado la mañana recorriendo el Parque Nacional de Bokor, surcando sus excelentes carreteras, a la vez que sumando capas de ropa a medida que ganábamos altura. De repente nos hemos visto envueltos por una espesa niebla, muy en plan Los otros, que ha llegado para quedarse. Su aura de misterio y humedad nos ha acompañado durante la mayor parte de la ruta, así que ha sido momento de sacar chubasqueros y abrigarse.

Una de las cosas que más nos apetecían de visitar el parque era conocer Bokor Hill Station, un pueblo abandonado que sobre el papel parecía de lo más interesante, con sus restos de edificios en estado ruinoso, entre siniestros e inquietantes. En la práctica, la cosa se reduce a un templo, una iglesia y un antiguo palacio, este último en reparación; en todos hemos hecho parada para rendirles la pleitesía que se merecían.
Bokor Hill
Aquí estoy yo haciendo el tonto en la puerta del templo abandonado. Aunque mi foto no lo demuestre, hoy la niebla ha hecho que los tres  edificios infundieran un respeto de lo más espectral y tenebroso.

Este es el palacio en cuestión, ¿verdad que parece como si de un momento a otro Nicole Kidman fuera a salir del edificio? En definitiva, Bokor Hill tiene su gracia, no me arrepiento para nada de haberlo visto. En cuanto al conjunto del parque en sí, la verdad es que es enorme y está muy cuidado, aunque me sigue sorprendiendo el concepto tan diferente que tienen aquí de Parque Nacional respecto al que tenemos en España, o al menos al que yo tengo. Me refiero, por ejemplo, a que en Bokor no hay senderos, a que la gente no va a caminar o perderse por su naturaleza. 

Tarde en ruta a la cueva de Phonm Ch´nork

De vuelto a Kampot, nuestra idea era continuar la ruta en moto y visitar otro de los lugares de interés de los alrededores: la cueva de Phnom Ch´NorkPara llegar hemos tenido que parar a preguntar en un par de ocasiones, ya que la señalización era insuficiente. 

El plan nos ha regalado una de las mejores tardes del viaje.

El camino, que durante sus últimos kilómetros ha discurrido por un incómodo terreno sin asfaltar, lleno de baches y socabones, me ha reconfortado el alma, me ha devuelto al viaje y me ha hecho conectar mucho y muy fuerte con Camboya. Un camino que nos ha regalado estampas de lo más pintorescas; hemos atravesado un mundo rural maravilloso, de puro campo, de gentes auténticas, niños y adultos saludándonos al pasar, brindándonos sonrisas impolutas... ¡qué seres tan deliciosos, cuánta alegría! También admirables, pues los observaba y no podía evitar pensar que son hijos de la guerra. De igual manera, mi cuerpo se ha estremecido al cruzar la mirada con algún anciano, al reconocer en sus ojos la dureza mezclada con un atisbo de tristeza.

Me quito el sombrero ante un país de supervivientes. 
cueva de Phonm Ch´nork


Reflexiones aparte, atención a la escalera para subir a la cueva de Phonm Ch´nork, ¡da mucho juego! 


Hemos pasado algunos minutos curioseando el interior, admirando su altura y el capricho de sus formas. ¿Lo mejor? Estar prácticamente solos, sentirnos exploradores, poder escuchar el revoloteo de los murciélagos sobre nuestras cabezas. 

En conclusión, la visita a la cueva de Phonm Ch´nork está bien, aunque para mí lo mejor de la experiencia ha sido lo que el camino para llegar me ha hecho sentir, lo que he visto desde la moto. Las sonrisas, los saludos, la amabilidad, la humildad y, en definitiva, la autenticidad.









Mañana dejamos Kampot y ponemos rumbo a la capital, a Phnom Penh. ¡La aventura continúa!


Viaje de una semana a Israel: día 4

Gracias María. Gracias por preguntarme, por así animarme a retomar el pasado, por motivarme para devolverlo al presente. Gracias, querida lectora, por ayudarme a saldar una deuda pendiente, a retomar el hilo y dar las puntadas necesarias para coser un quilt en forma de relato viajero, que este bien lo merece por lo maravilloso del destino: Israel.

Toca, pues, reabrir fotos y ordenar pensamientos. Ha pasado tiempo pero lo vivido fue tan intenso que, creo, no me costará evocar sensaciones y describir acciones del que fue el cuarto día de viaje por Israel, quizá - como ya me encargué de apuntar en la entrada anterior - el mejor del periplo.

RELATO DE VIAJE A ISRAEL: DÍA 4 (miércoles)


Tras dormir unas horas a los pies de la mítica Masada, en el centro de Israel, abro los ojos con emoción, presintiendo que un gran día nos aguarda.

El plan es nada más y nada menos que ver amanecer desde la mítica Masada, y por eso nos levantamos a una hora intempestiva, entre las 4 y las 5 de la mañana. Aturdidas, cargando un saco de sueño a la espalda y acompañadas de un reducido grupo de desconocidos -al que nos une el anhelo de contemplar el que dicen es uno de los amaneceres más bellos del mundo-, dejamos atrás el hotel (que gran acierto). Envueltas por la oscuridad, cuando son las 5.30h, iniciamos el empinado ascenso que nos conducirá a una cima cargada de historia (para lo que llevar un frontal o una linterna será de gran ayuda).

Para entrar en el parque nacional hay que pagar. Una vez dentro, mi primera foto del día la tomo a las 5 horas, 11 minutos y 33 segundos de la mañana. ¿La última tras el ascenso? La habré tomado a las 7 horas, 23 minutos y 48 segundos. Entre y entre, ¿qué? Pues que suceden algo más de dos horas de génesis de un recuerdo imborrable, un espectáculo indescriptible de colores alucinantes, un paisaje de desierto marciano, de luces del alba en un horizonte infinito y de un amanecer cambiante que no quiero que acabe. Nunca.

Nos tomamos la subida con calma. Queremos mirar, fotografiar, asomarnos, sacarle jugo al momento. Me canso, esto fatiga, así que decidimos no llegar a la cima, quedarnos a unos pasos, no nos importa. El amanecer en Masada no va de llegar a ningún sitio, sino de gozar a cada paso, detenerse  a observar cómo la luz cambia. Sí, tiene algo de místico.


(Nosotras jugamos con ventaja, hacemos trampa, ya que más tarde tenemos una actividad que nos llevará hasta la cima de nuevo, a conocerla en profundidad).


Ver amanecer desde Masada es un regalo de la vida. 

Subida a Masada

Cuesta pero hay que continuar. Nuestros anfitriones de Turismo de Israel nos han reservado un tour en jeep con visita a Masada de 8.00 a 15.00h, así que a las 7.30 horas ya estamos de vuelta en el alojamiento, pues es cuando empiezan a servir el desayuno. Media hora después y con el estómago contento nos encontramos con el guía, Harel, un tipo que parece muy agradable. A las 8.30 ya estamos tomando el funicular de subida a Masada y al llegar al hall de entrada... ¡qué gusto! Lo encontramos tranquilo y vacío, ni rastro de turistas, según Harel porque es pronto y los grupos aun no han llegado (¡bien!). Estamos encantadas.

Visita a Masada
Teleférico que sube a Masada

El recorrido por el recinto de Masada es despampanante, muy instructivo, y empapa nuestro viaje de historia. Comprende un entramado de estructuras, murallas, viviendas, residencias, torres y cisternas, almacenes y palacios. La visita a la fortaleza de Herodes me causa una fuerte impresión y, gracias a las explicaciones de Harel, nuestro guía, alcanzo a intuir la vida que una vez movió esas piedras, a leer el sufrimiento, las diferencias sociales, el asedio, la muerte. 

Visita guiada a Masada
Nuestro guía Harel
Visita a Masada
Palacio de Herodes, en Masada

Dedicamos unas dos horas a la visita por el recinto. Se podría hacer en menos o en mucho mas tiempo, según el interés de cada uno, el rato del que se disponga. Personalmente, me ha parecido una buena medida. 



A las 10.30 tomamos el funicular de vuelta a la base de Masada y, tras la visita, es momento de sentarnos y dedicar tiempo a saborear un café mientras debatimos cuáles serán nuestros próximos pasos. El guía, súper amable, nos plantea varias opciones y decidimos ir hasta el "small crater", a una media hora de donde nos encontramos.

Cisterna en Massada

A nuestro lado discurre un agua azul turquesa. Son las 13 horas cuando cambiamos de vehículo y nos subimos a bordo del robusto jeep 4x4 de "Desert Trails", la empresa de Harel Zaltzer. Sentimos que el desierto de Israel se acerca, que es momento de adentrarse en tierras yermas, ¡qué la aventura continúa! Empieza así nuestro recorrido por el Zin Wadi (valle) de la mano de Harel. De nuevo, para nuestra maravilla, disfrutamos de una soledad absoluta, rotunda. Nuestro acompañante nos comenta que en esta época del año y entre semana lo habitual es no cruzarse con nadie. Siento que el desierto es mío, ¡nuestro! Un dato importante a tener en cuenta es que la mejor época para visitar el desierto de Israel es octubre- noviembre o marzo- abril (a pesar de que, en general, cualquier estación es buena menos pleno verano).

María y yo en el desierto de Israel

Nos encontramos en el valle de Aravá (o valle de la sal), también conocido como el Néguev. Me resulta muy emocionante pensar que los confines que nos rodean son el Mediterráneo, la península del Sinaí, las montañas de Moab y el desierto de Judea. Utilizando un rotulador y la luna de su coche, Harel nos dibuja un mapa de la zona y nos explica gráficamente el origen geológico de lo que nos rodea. Un lujo gracias al que todo cobra sentido. Muy recomendable.



Es un guía estupendo, simpatiquísimo, y disfrutamos mucho con él, andando y observando, aprendiendo el por qué de las cosas, de las capas de sedimentos de bellos colores que mezclan el rosa y el marrón y dan forma a este, el desierto de Judea



A las 15h nos separamos de Harel con pena, penita, pena. Es hora de continuar y decidimos aprovechar las horas de luz que quedan para acercarnos a Ein Bokek, un "resort" bañado por el Mar Muerto. A ver si conseguimos nadar con más comodidades que ayer...

De las dos entradas a Ein Bokek elegimos la segunda porque nos da mejor "feeling". La vemos alejada de la zona de las salinas y desde la carretera, el agua parece más turquesa. 

Después del madrugón y del día pateando por el desierto nos apetece dejarnos mimar, así que optamos por alquilar una toalla y tumbarnos en una hamaca. Pero, ¿qué ven nuestros ojos? A lo lejos divisamos, cuál oasis, la torre orgullosa de un Crowne Plaza, ¡estamos de suerte! Tras la excelente experiencia en Tel Aviv, sentimos esa cadena como nuestra casa aquí; a pesar de que existe una playa pública de libre acceso, nuestros pasos mandan y nos conducen paso a paso hacia el lujo y confort del hotel

Crowne Plaza Ein Bokek, en Israel

Preguntamos en recepción y el chico, súper majo, se apiada de nosotras y, por eso de que ya es tarde, nos hace un precio especial. Tenemos toalla y acceso a la playa del hotel por 80 Sk las dos, ¡así que perfecto! Y es entonces, al salir al exterior, cuando me doy cuenta de lo mucho que echaba ya de menos el Mar Muerto. Y es que su gama de colores, cuando el sol se asoma o cuando se esconde, es indescriptible: tonos cálidos y fríos perfectamente combinados, los ocres y dorados de la tierra frente al azul turquesa del mar. Y como colofón, la sal y su blanco más puro, ¡una maravilla!

Ein Bokek

¿Qué hacemos? Disfrutar como locas. Flotar al atardecer, embadurnarnos de barro y volvernos a embadurnar (sin saber que deberíamos evitar la zona de la cara) y disfrutar del lujo, la comodidad del lugar pero, sobre todo, del relax y la tranquilidad reinante. Pura paz. Vale la pena. 

Colores del Mar Muerto

También vale la pena saber que en los alrededores del hotel existe un pequeño "mall" (centro comercial) con tiendas y con un supermercado. Nosotras aprovechamos para comprar cremas que luego regalaremos a nuestros amigos.

Son las 18h cuando dejamos Ein Bokek y emprendemos ruta dirección a Jerusalén por la ya familiar carretera 90. En una hora y media deberíamos llegar a nuestro destino: el hotel Crowne Plaza Jerusalem. La subida hacia el norte del país nos obliga a desandar nuestros pasos del día anterior, volviendo a pasar junto a Masada, Ein Gedi... Dejamos atrás la zona con pena, aunque con la satisfacción de haberla podido saborear bien.

A partir de las 18h el cielo se va apagando y para las 19h ya es noche cerrada. Estamos entrando en Jerusalén y la sensación es de caos, a la vez que de impacto. Volvemos a la ortodoxia, a los hombres de negro, a lo auténticoA las 20.15 horas llegamos por fin al hotel Crowne Plaza, donde nos reciben con cariño y nos entregan la llave de la la habitación 1924, uno de los pisos más altos, un lujo con vistas despejadas. 
Hotel en Jerusalén
El Crowne Plaza de Jerusalén, un placer

Nuestra crónica de la jornada arriba a su fin. Tenemos hambre, así que a eso de las 22h bajamos al hall para cenar, cansadas y aún no muy situadas. Por eso no nos complicamos mucho y nos decantamos por un restaurante hindú del propio hotel. Acertamos de pleno: es exquisito, de los mejores que he probado en mucho tiempo. Aunque no es barato, la calidad compensa.

Mientras nos retiramos a dormir, pienso maravillada: "jo, qué día". Repaso lo que hemos hecho en las últimas horas (cosas como vivir un amanecer en Masada, adentrarnos en el desierto o flotar en el Mar Muerto) y la boca me sabe a otro día de viaje perfecto. Mañana lloraré y viviré uno de los momentos más místicos e intensos del viaje, pero no, eso no lo voy a contar ahora. 

Así que, continuará...

Viajar a Leeds en agosto

Antes de viajar a Leeds, lo poco que conocía sobre esas 5 letras era que daban nombre a un punto al norte de Inglaterra. No mucho más.

¿Qué me inspira Leeds? 

En primer lugar, que además de ser un destino urbano tranquilo coqueto es mucho más, pues forma parte de algo más grande y atractivo. Me refiero a Yorkshire, y Leeds me hizo pensar en las maravillas que se cuentan sobre aquel condado. 

El nombre de Leeds me saca los colores. Mi rostro se ruboriza al recordar y reconocer mi error pues, torpe de mí, durante los tres años vividos en Inglaterra, nunca -repito- nunca pisé la región que lo abraza: el Condado Histórico de Yorkshire. 


Ubicación de Yorkshire 

«Yorkshire UK 1851 locator map» por Dr Greg, Nilfanion and MRSC. Contains Ordnance Survey data © Crown copyright and database right 2010. Disponible bajo la licencia CC BY-SA 3.0 vía Wikimedia Commons.

Me consta que el vasto territorio de Yorkshire, el mayor condado de Inglaterra, es una pasada. Siempre lo tuve claro, aunque el golpe de gracia lo ejerció mi novio inglés de entonces, cuya familia es de la zona. Me hablaba maravillas del lugar: de sus paisajes, de su verde, de sus casas típicas de piedra... Sobre esos retazos, me las manejé para construir en mi cabeza una imagen de lo más bucólica. Dudo que me alejara en exceso de la realidad.

De todo eso, una vez más, no pude saborear mucho. En mi viaje a Leeds de este verano, me tuve que conformar con pasar un par de noches en una de sus principales ciudades (aunque puntualizo lo de conformar, ya que el término de marras rezuma tintes negativos y aquí servidora disfrutó de lo lindo de esas horas sueltas por sus calles).

En mi caso, viajar a Leeds desde Palma de Mallorca fue muy fácil. Mi ciudad cuenta con vuelos directos que conducen sin interrupciones hasta aquel importante centro metropolitano. ¿Cuáles consumí yo? Fueron los de Ryanair. ¿Y qué pasó después? ¿Cómo fueron mis primeras horas en Leeds? Ahí va el relato en tiempo real.

"¡Bienvenidos a Leeds! Piso la pista de aterrizaje y el fresco en la cara me confirma que estoy en Inglaterra. He leído que el aeropuerto queda a 20 minutos en coche de la ciudad. 

Abandonamos la pequeña terminal y salimos a la calle. Nos topamos de bruces con la oficina de reserva de los taxis, una especie de container negro que bien podría confundirse con la típica sucursal de alquiler de coches. 

El proceso para conseguir vehículo es rápido y eficaz: solicita un taxi en ventanilla, pagas (aceptan visa) y te vas, ¡así de fácil! Nos cobran eso sí 25 libras (una pasta por 20 minutos de trayecto), aunque no me pilla por sorpresa ya que Internet ya me lo había chivado.

Montados ya en el vehículo, los primeros minutos de trayecto me hacen pensar en los primeros minutos de otro querido viaje: la salida en coche del aeropuerto de Bristol: mismas carreteras estrechas y sinuosas. El paisaje que observor a través de la ventanilla me transmite orden. Casas bajas. Mucha vegetación. Limpieza. Tranquilidad (quizá demasiada). 

Como en Inglaterra el clima siempre es un tema, es momento de informar de que no cae ni gota, aunque el cielo si está teñido de color gris clásico. En cuanto a la vestimenta, voy con manga corta y una chaqueta fina y me apaño, aunque se hace saber que no soy nada friolera.

En breve llegamos al hotel. Nos alojamos en el reformado rebautizado Clayton Hotel Leeds, ¡no tiene mala pinta desde fuera! Más adelante descubriría todo su yo, el de un establecimiento funcional y correcto, la suma de habitaciones de un hotel de negocios estándar. Eso sí, el wifi funcionará de maravilla. Por el contrario, faltarán amenities

Tras el tiempo justo de soltar los trastos en nuestro nuevo hogar temporal, nos encontramos de vuelta en la recepción, donde nos hacen entrega de un práctico plano del centro, del que nos separan apenas unos minutos a pie. De camino, descubrimos muchas oficinas modernas entremezcladas con casas clásicas de ladrillo rojo y fábricas abandonadas de cristales rotos.

Primer contacto con Leeds

La primera impresión es muy buena. Leeds es seguro y el centro está muy cuidado. La ciudad es compacta y se puede recorrer fácilmente a pie. Mirando el mapa es muy sencillo ordenar la información y la visita, decidir lo que ver o hacer según apetezca. La zona de tiendas está claramente delimitada, así como la de ocio y, por último, la de museos, donde pasamos cerca del Ayuntamiento y junto a la Fundación de Henry Moore

Resulta muy sencillo completar un paseo general por todo el centro en una tarde. Pasamos por delante de la Catedral, ya cerrada desde las 17.30h. Me sorprende su reducido tamaño, me la esperaba más grande. Como me gustaría verla por dentro, decidimos darle otra oportunidad y acercarnos el viernes a las 12.30h. Entonces habrá misa y podremos entrar.



La zona de tiendas tiene buen aspecto. A estas horas (cerca de las 19.30h) el ambiente empieza ya a decaer. Observo que predominan los comercios de siempre, los que crecen como setas, independientemente del pais o la ciudad. Así es la comodidad, el valor seguro, la falta de sorpresa que caracteriza a las franquicias. 



Mirando hacia arriba (algo que deberíamos hacer más en la vida diaria y no solo en los viajes), llama mi atención un local con plantas, que cuelgan de sus altos techos. ¿Qué es esta cafetería de look moderno y divertido?, nos preguntamos. Resulta ser un espacio gastronómico cerrado, algo así como el PLATEA de Madrid pero en versión Leeds. En pocas palabras, os presento el 'food hall' de diseño del lugar. 

Como dato peregrino, contar que a Leeds la atraviesa un río llamado River Aire. ¿Es o no es un nombre delicioso? 

Hora de cenar

Aprieta el hambre. Tras curiosear un poco la zona de ocio y desgranar la oferta de restauración existente (que si italiano, que si asiático, que si portugués), acabamos cenando en el Becketts Bank, un gastropub situado en primera línea de la zona cívica de Leeds y a un paso de la zona comercial. Me mueve el antojo de comida de pub, la pena es que nuestra elección resulta ser un desastre total. Mis 'bangers and mash' (nótese que la bomba en cuestión tiene una onda expansiva de casi 1000 calorías), vienen cubiertos de una tonelada de guisantes (¿estarían de oferta?), mientras que los nachos para picar no pueden ser más insípidos, ¡si Zapata levantara la cabeza! Como el local -un antiguo banco de techos altos y fachada con columnas cuyo tipo no sé recordar- sí tiene su encanto, mi consejo es ir para beber pero no, no, no, ¡nunca para comer! (Precio de la cena: 21 libras)".

Leeds te da sorpresas

1_El que tuvo, retuvo. Se nota que la ciudad ha tenido y tiene mucho dinero, que ha sido y es lista, culta y espabilada. El que fuera en tiempos de la revolución industrial centro neurálgico de la producción de lana, es hoy segundo en el podium de mayor centro de negocios, financiero y de servicios legales de Inglaterra, únicamente a la sombra de Londres. Y todo ese esplendor, cultura y comercio se le escapa por sus edificios, por los vidrios hoy de sus modernas oficinas y por los ornamentos y fruslerías de ayer, en las fachadas de sus numerosos bellos edificios antiguos, la mayoría datados en algún momento del siglo XIX.

2_Muchos han mantenido intacto su continente, mientras que su contenido se ha vestido de tiendas y de centros comerciales, dotados de algunos de los más bellos interiores que he visto nunca. Ir de compras agradables es una de las cosas que se pueden hacer en Leeds. O visitar museos. O cortarse el pelo o retocarse la barba...



3_... Leeds está plagado de barberías con encanto, de esas por y para modernos, de esas que se llevan ahora. Locales con logos ad hoc en la puerta, comercios con mucho gusto que llaman la atención por contener un porcentaje de tatuados y hipsters por metro cuadrado de lo más elevado.

Ahora tengo sueño, así que es momento de pedirle al teclado que me deje descansar. De no pesarme los párpados, no me quedaría con tantas cosas que me encantaron en el tintero, tantos pequeños grandes planes en Leeds

La estupenda visita a la deliciosa y bien dotada Leeds Art Gallery. Me declaro enamorada hasta la raiz de la arquitectura y belleza de su cafetería.

La refrescante incursión en las salas de su vecino, el estimulante Henry Moore Institute.

La fascinante entrada en The Yorkshire Soap Company, la tienda en la que le hubiera hincado el diente a todos y cada uno de sus apetecibles jabones.

Las tiendas y arquitectura del centro comercial Trinity Leeds.

La comida rica y barata del restaurante asiático Pho, en el céntrico y juvenil espacio gastronómico Trinity Kitchen.

El rico café, atípicamente fuerte para mi jolgorio, en el agradable y original interior del edificio del Corn Exchange (sí, donde antaño se comerciaba con el maiz).

La cena que nunca fue en el restaurante del Radison Blu Hotel: el Fire Lake.

La cena que sí fue y sí disfruté en el sofisticado restaurante The Old Post Office.

En definitiva, me despido por hoy diciendo que Leeds me cae bien. Tal es mi "feeling" con esa pequeña ciudad, cómoda de visitar, a la que no le falta de nada. Despliega sus modestos encantos todos a un paso y, sin grandes estridencias, sabe dar lo que se necesita: comprar a gusto, comer a gusto y ejercer de puerta de entrada a unos alrededores típicamente británicos.



Hong Kong: consejos rápidos y sueltos

Sí. Alguien viaja en breve a Hong Kong. Sí, alguien me ha pedido si tengo información sobre ese destino en mi blog.

- No, no tengo nada colgado. ¡Pero eso tiene rápida solución!- contesto. 

Hong Kong me encantó, quizá porque supuso un soplo de aire fresco, un lugar civilizado después de tanta irritación. Porque sí (hoy todo parece girar en torno al sí, una de las palabras más usuales en español), China me saturó. No el país en sí, que tiene rincones maravillosos sino, y con todos mis respetos, sus gentes. Ya está, ¡ya lo he dicho! Y es que... ¡cuesta ser políticamente incorrecta! Aunque nunca se debe generalizar, debo afirmar que los chinos me parecieron de lo más irritantes. 

En fin, que me desvío. Que hablábamos de Hong Kong... 

¿Dónde nos alojamos en Hong Kong? 

Nos costó decidirnos, en parte porque servidora estaba obsesionada con la idea de acabar en una habitación con vistas. Vistas sobre la ciudad, vistas sobre la bahía... me obsesioné con procurar hacerme con vistas espectaculares, fueran las que fuesen.

Al final, con nuestra habitación en un piso alto, conseguimos unas vistas especiales, que ya es algo. Teniendo en cuenta la poca antelación con la que reservamos y que nuestro presupuesto, para entendernos, no era el de Donald Trump, ¡bien está lo que bien se acepta como una buena relación calidad-precio! El hotel afortunado fue:

Butterfly On Hollywood (4*)
263 Hollywood Road, Hong Kong

Uno de esos edificios estrechos y muy altos tan típicamente Hong Kong, uno de esos que parece hallarse cómodamente atrapado entre otros rascacielos. Hall de estilo moderno, ordenadores Imac a disposición del cliente y personal muy, muy amable. 



¿La habitación? De tamaño justo para dos pero, en definitiva, agradable. Entre maletas y personas, quedaba el espacio para moverse... y poco más. Pero me bastaba con tumbarme en la cama frente a ese gran ventanal, observar de fondo el enjambre de edificios altos y desgarbados y entonces... voilà... el resultado era mi cara satisfecha mientras el espacio y el tiempo se esfumaban a mi alrededor. Las vistas desde mi estancia, a la que cogí cariño (y eso es bueno), parecían saber transportarme a un mundo con el puntito distópico que yo estaba anhelando encontrar. Ni más, ni menos. 

Butterfly on Hollywood Hong Kong


¿La ubicación? Adecuada, cómoda para moverse por todo andando o en tranvía (aprovecho para adelantar que este último fue, sin duda, mi medio de transporte favorito para recorrer la ciudad). Cerca quedaban la zona del Soho o la muy recomendable visita al íntimo Templo de Man Mo, en el que nos sumergiríamos en un momento de nuestra estancia en Hong Kong.


De ruta por Hong Kong


Esta región especial de la República Popular China se divide en cuatro zonas: la isla de Hong Kong, Kowloon, los Nuevos Territorios y las Islas Exteriores. Nosotros nos alojamos en la isla de Hong Kong, concretamente en Central, donde parecen concentrarse la mayoría de hoteles. Por otro lado, Kowloon -en la península- también es una buena y popular alternativa para resolver felizmente una estancia a buen precio en Hong Kong.

¿Cómo moverse por Hong Kong?

Uno. Soy fan absoluta de los tranvías centenarios de Hong Kong. Recomiendo tomar uno siempre que sea posible, dejarse sorprender por su practicidad (término no registrado en la RAE pero que uso porque  me encanta) y divertirse de lo lindo subiendo a su segunda planta y viendo la ciudad pasar desde alguno de sus asientos de madera. Moverse a bordo del tranvía de Hong Kong es hacer historia. Eso sí, sus seis rutas solo discurren por la zona norte de la isla. De lo contrario, lo recomendable es moverse en tren (MTR para ellos) con la tarjeta Octopus (véase a continuación).


Moverse en tranvía por Hong Kong

Dos. Soy fan absoluta de la Octopus Card, la tarjeta oficial y reutilizable que sirve para pagar el transporte público y en muchas tiendas. Me reportó interesantes descuentos y, sobre todo, comodidad y agradables sorpresas (más ahorros y ventajas de las esperadas). 

Tres. Llegados a este punto es donde voy a dar voz a algunas de las notas de mi relato de viaje de uno de los días en Hong Kong:

"Son las 9.00h cuando salimos del hotel. Hoy es día de check out.

En un puesto callejero frente al hotel compramos cuatro bolas de dim sum por un precio irrisorio, 4,5 hkd, mientras que por el café para llevar del cercano Western Market pagamos un precio europeo de 2 dólares. Nos lo zampamos todo felizmente sentados en un banco de la placita que hay frente al restaurante- cafetería Harmony, lugar que tuvo el honor de servirnos nuestra primera comida en Hong Kong.

Nuestro plan para esta mañana es subir al Victoria Peak en el histórico Peak Tram, así que tomamos primero el tranvía hasta la parada 23 y ahí enlazamos con el famoso funicular. Resulta que al pagar con la Octopus Card, nos ahorramos hacer cola. ¡Todo son ventajas!

Por todo nos han recomendado que nos sentemos en el lado derecho del vehículo y obedientes, así lo hacemos. Pues bien, ¡tienen razón!: así, las vistas a lo largo de los divertidos y empinados 10 minutos de trayecto son mucho mejores.

Al salir, en la cima, topamos con un pequeño centro comercial. Entramos y vamos subiendo por las escaleras mecánicas porque así se llega hasta una terraza panorámica que promete vistas espectaculares. Observo que en una de las plantas hay un restaurante de la cadena Buba Gump, ese en el que sirven de mil y una maneras las gambas y que se inspira en la famosa película Forrest Gump. Nosotros quedamos muy contentos en el de Nueva York y este de Victoria Peak parece tener unas vistas de infarto sobre la bahía, así que si vuelvo algún día, no me importaría comer o incluso mejor cenar ahí.  Ahí lo dejo.

Resulta que hay que pagar un extra para acceder a la terraza panorámica... ya que hemos llegado hasta aquí, pagaremos. De nuevo, utilizando la Octopus Card nos saldría algo más barato (25 HKD en lugar de 30) pero justo nos hemos quedado sin saldo. ¡Qué no os pase lo mismo!

Ya estamos en la terraza exterior. El día no acompaña: está nublado y la visibilidad no es buena. Aun así, pasamos un buen rato tomando fotos y vídeos (las panorámicas con la aplicación del iphone quedan geniales). Decidimos seguir nuestro camino con la sensación de haber hecho bien en pagar y subir. 

De vuelta en el centro comercial, aprovechamos para curiosear en algunas de sus tiendas. Hay souvenirs interesantes y bastantes cafeterías en las que tomar algo y disfrutar de las vistas.

Al salir a la calle y antes de coger el tranvía de vuelta a la ciudad hacemos dos cosas, las dos recomendables. En primer lugar, entramos en la oficina de información turística que hay instalada dentro de un antiguo vagón del tranvía. Nos atiende una chica de lo más amable y nos explica que hay muchas rutas de senderismo en los alrededores. Es una pena porque no tenemos tiempo para explorarlas, nos quedamos con las ganas.

En segundo lugar, nos acercamos hasta una pequeña plataforma que hace las veces un mirador. Las fotos desde ahí también son interesantes y nos detenemos a estudiar el típico panel exterior con un dibujo de la bahía que nos permite identificar los diferentes edificios del skyline de la ciudad.

Ahora sí, cogemos el tranvía y volvemos a disfrutar del breve pero imprescindible trayecto en funicular que nos conduce sanos y salvos a la zona de Central. Como estamos apurando las últimas horas en la ciudad y no queremos irnos sin ver el barrio del Soho, del que tanto nos han hablado, enlazamos con el tranvía.

Tras un par de paradas, por fin estamos en el Soho. Y pienso, "menos mal que no nos hemos perdido esto".

Para empezar, tropezamos con un mercado de fruta y verdura callejero brutal.¡Maravillados estamos! ¡Qué fotogénico! Lo atravesamos y llegamos a una zona donde, como esto es Hong Kong, en vez de aceras hay escaleras mecánicas. Vamos ascendiendo entre un montón de restaurantes a ambos lados de la calle, así que pienso que va a ser difícil decidirse por uno, menos mal que la mayoría son demasiado occidentales para mi gusto. Total, que escogemos uno al azar. Afortunadamente, acertamos.

A las 12.53 nos encontramos en pleno Soho en el restaurante Cicada. Por 200 HKD, o sea, barato, comemos los dos bastante bien de un menú compuesto por primero, segundo (un wok a elegir) y de bebida, todo el te verde que queremos. Las escaleras mecánicas quedan justo a nuestro lado y el constante fluir de gente convierte el almuerzo en una situación de lo más entretenida.

Vemos que nos da tiempo de regresar al hotel andando, así que apuramos los minutos y seguimos descubriendo un montón de calles y rincones nuevos de esta fascinante ciudad. Me voy con buen sabor de boca del Soho, que además de ser una animada zona de restaurantes, cuenta con algunas tiendas pequeñas "vintage/románticas" con una pinta estupenda.

Es hora de decir adiós a Hong Kong. Con pena dejamos el hotel Butterfly on Hollywood, en el que hemos estado tan a gusto, para dirigirnos a la cercana estación de metro (la de Sheung Wan).

A las 15.05 estamos ya en el tren de cercanías dirección Lo Wu y camino de la frontera. El día, para variar, es gris (el tiempo no nos ha acompañado en Hong Kong). El billete nos ha costado 35 HKD/pax. Nos podría haber salido más barato pagando con la Octopus Card pero otra vez nos ha fallado el saldo y no nos ha compensado recargar con el mínimo (50HKD).

Aprovecho para gritar a los cuatro vientos lo recomendable que es comprarse la Octopus Card.  Sus ventajas son múltiples, entre ellas descuentos en los tickets, entradas sin hacer cola, etcétera. Un ejemplo ha sido el "cable car", en el que nos hemos ahorrado una cola tremenda por un precio algo mas barato.

A las 16.43 estamos ya en la estación de Shenzen, comiendo en el Kentucky Fried Chicken por 60Y (no hay mucha más oferta). Siempre podríamos haber comprado en la tiendecita cajas de fideos deshidratados y con el agua caliente de los dispensadores haber comido de eso (que es lo que hacen los chinos) pero hoy creo que prefiero el pollo crujiente, con su sorprendente toque picante que tanto gusta por aquí.

En los minutos previos a la salida y a pesar de que los asientos del tren van numerados, asisto alucinada al espectáculo de cómo los locales intentan saltarse la cola en plan agresivo. El jefe de estación, megáfono en mano, les increpa y llama al orden y algunos de los protagonistas del intento fallido vuelven a sus asientos y se quedan tan panchos, mientras que otros prueban suerte de nuevo. Estos chinos  y su aparente ansia por saltarse las normas no dejan de sorprenderme.

A las 17.46 sale puntual el tren hacia la que será nuestra siguiente parada en la ruta: Guillin. Nuestro camarote está muy sucio, especialmente la cortina, que luce un manchurrón marrón de cuyo origen prefiero no tener información. Me consuelo pensando que en principio somos afortunados porque el tren va medio vacío y parece que estaremos solos en nuestro camarote de 4 personas. ¡Qué relativa es la fortuna! Observo que estas camas no tienen escalera, ¡así que de haber tenido compañeros, lo de subirse al camastro superior hubiera sido todo un show! 

Flipo (para mal) con la litera, ¡es durísima!  Además, la colcha que te ponen para cubrirte da bastante manía, así que opto por taparme con mi propia ropa. Un consejo útil para otros viajeros que tengan previsto un trayecto en tren en su viaje por China sería llevar la manta del avión o un saco sábana con el que aplacar el frío.

Nos esperan 12 horas de viaje. Con paciencia y a saltos, conseguimos dormir bastante y, desde luego, más de lo esperado dadas las incómodas circunstancias".

¿Algún restaurante que valga la pena en Hong Kong?

¡Y tanto! Tomad nota de dos:

1_Para una cena de esas de darse un homenaje (necesarias en todos los viajes), pedid una mesa con vistas en el Aqua.

Aqua roma - aqua tokyo - aqua spirit
29f & 30f, One Peking Road
Tsimshatsui, Kowloon
Hong Kong
aqua@aqua.com.hk
tel - +852 3427 2288
Fax- +852 3427 2200

2_Hang Zhou Restaurant
Metro: Wan Chai (salida A5)

Bueno y barato. Estaba en mi lista de sitios donde sí o sí comer en Hong Kong y al final, por motivos varios, se nos quedó en el tintero. No dejéis que os pase lo mismo, id y contádmelo, por favor. Me lo recomendó mi amiga P y, la verdad, el argumento fue de lo más convincente a la vez que paradójico: un restaurante de comida rápida que cuenta con una estrella Michelin y que, sin embargo, posiblemente sea el más barato del mundo en su especie. Por tanto, no sorprende que hacer cola sea el impuesto revolucionario del lugar, que quizá pueda evitarse o minimizarse si se acude a tan insólito local fuera de las más concurridas horas punta.

Otro consejo

Si podéis, acercaos a alguna de las oficinas de turismo de Hong Kong  que hay repartidas por la ciudad. ¡Constituyen todo un espectáculo y hacen honor a su nombre! Modernas (su herramienta de consulta e información es el Ipad)y realmente útiles.

Hasta aquí una primera entrega sobre Hong Kong, uno de los lugares que más me gustó dentro de mi viaje de 18 días por China. Continuará...